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Carmen: "La conexión con el público me ayudó a sanar. Me hace sentir segura y a salvo"

  • noestassoloentucab
  • hace 4 días
  • 10 min de lectura

Actualizado: hace 8 minutos

"Pensamientos Intrusivos" y el pogo 


28 de septiembre de 2024. Carmen sale al escenario vistiendo una remera musculosa negra con un corazón blanco donde se puede ver una foto plano medio de una mujer joven. El pelo rubio castaño cae sobre sus hombros y su flequillo está cuidadosamente peinado. Cuando canta cierra los ojos, como si solo quisiera que la juzguen por su voz; y de sus labios pintados sale una voz aguda, áspera y profunda. Los que saben de canto lo llaman "vocal fry", una técnica eficaz para expresar efectos de lamento o enojo.


La guitarra apenas rasguea los primeros acordes y ya hay quienes levantan los brazos antes. La batería acompaña, la otra guitarra y el bajo se suman después. Es la canción que cierra el show de casi dos horas. Desde el fondo alguien grita “vamos para adelante dale”, mujeres y varones se agolpan. Carmen sonríe, agradece a los presentes por haber venido, mira a su banda y deja que el público haga lo suyo. 


“¿Habrá un momento o un final de esta sensación de soledad?” canta ella y canta el pogo en el cual hay chicas de veintipico con flequillo, varones de treinta y algo, periodistas, chicas y chicos trans; también algún que otro adolescente. A un costado, dónde se puede caminar, hay algunas nenas que también saltan y miran fascinadas, sonrientes . “Me da vértigo la calle, siento que todos me miran mal” dice la estrofa que sigue.    


Cuando llega a la mitad del estribillo deja de cantar porque la voz del público suena a la par de los equipos de sonido. “Mi generación y la ansiedad me tienen cansada de verdad”, cantan. El recital deja de parecer un recital y se convierte en catarsis colectiva. Los cuerpos empiezan a empujarse en un pogo extraño para una canción que habla del miedo, del encierro en la propia casa, de imaginar que al cruzar la calle cualquier auto puede acabar con tu vida porque si. Nadie parece estar escapando de esa angustia pero en un canto único todas y todos la exorcizan.


Desde arriba del escenario Carmen escucha las voces del público por encima de los audífonos. Le sigue sorprendiendo que una letra escrita en soledad durante la pandemia genere un pogo y una conexión de esa forma. La mujer de la remera es Herenia, su abuela paterna y madre de Plaza de Mayo de La Plata, fallecida pocos días antes, el 7 de septiembre de 2024. Desde esa semana dejará en sus historias destacadas de Instagram algunas fotos con ella y toda la familia. Cuando la banda termina de tocar, ella da media vuelta y con sus dedos se quita la humedad de sus ojos. Alza sus dos manos y saluda al público para retirarse por el costado. ¿Qué le pasa a su público con ese show en vivo, con esa canción en sí?


"Me siento siempre muy acompañado con sus canciones. Creo que el mensaje de Pensamientos Intrusivos es justamente ese, que no estamos solos ni solas, nos tenemos y nos acompañamos" cuenta Vera, (31) que a esa fecha fue a verla con borcegos, pantalón de jean y campera negra. Sebastián, (33) periodista y productor radial de la ciudad dice que "cantar eso a los gritos es como un desahogo", porque es un estribillo que “representa mucho a mi generación”.


Susana (65) es investigadora en ciencias naturales y también suele ir a ver en vivo a Carmen con su familia. “A mi que me gusta mucho el rock, esta chica me encanta porque tiene muchísimo rock”, dice. Por su parte Candela (25) gestora cultural y artista plástica de La Plata, siente que Carmen “representa a las pibas de una generación”. “Ella habla desde el enojo y el hartazgo de las presiones que tenemos muchas chicas. Nos hace sentir representadas y valida lo que nos pasa y lo que sentimos. Narra escenas que muchas pasamos en algún momento de nuestra vida”, afirma.

En tanto, Eliana (36) gestora cultural, opina que la canción Pensamientos Intrusivos “te hace sentir que no estás sola o solo con esos pensamientos rumiantes con los que cargamos”. 


Una nena que jugaba a ir a terapia


¿Qué lugar ocupa la terapia en la vida de una sociedad? Algunas estadísticas señalan que Argentina es el país con mayor cantidad de terapeutas en relación a su población. A diferencia de lo que pasaba hace décadas, cuando estaba mal visto o era necesario “solo si estabas loco” ir a terapia es parte del paisaje rutinario de las clases medias y muchas veces populares de Argentina. 


Mucho antes de ir a terapia, Carmen jugaba a ir al consultorio. Siendo apenas una nena pasaba horas jugando sola. A veces en esos juegos improvisaba una terapia en su habitación. Se sentaba entre almohadones y muñecas y hablaba de cómo se sentía, respondía a las preguntas que una psicóloga imaginaria le hacía “cómo te hace sentir eso, por qué pensas eso”. Allí aparecían temas como lo difícil que resultaba a veces dormir, los miedos. 


Cuándo alcanzó la mayoría de edad, a los 18  años, dejó de ser un juego. Había cosas que ya no alcanzaba con contarla a los amigos, a los padres o a la familia. Los pensamientos son aves extrañas, a veces se pierden y no saben volver, dice una canción. Supo que necesitaba un espacio donde ordenarlos o darle un sentido a la vida pese a las experiencias traumáticas. No poder salir de la cama o levantarse llorando; la sensación incontrolable de que las cosas van a salir mal aunque no hayan ni siquiera empezado, los desamores que a veces son otra cosa que solo desamores (como contará en la canción “Diecisiete”). Todo eso era más difícil de ordenar sin un espacio terapéutico.   

Cuando habla de esos años siempre termina apareciendo su mamá, una de las personas que sostuvo el piso cuando parecía moverse todo alrededor. Desde que tiene uso de razón, su mamá le repetía la idea de no perder el optimismo sin negar el sufrimiento: “si hoy estamos mal, atravesemos ese dolor, pero no nos quedemos ahí. Veamos qué podemos hacer para cambiar la realidad”, la parafrasea hoy. 


Más tarde llevaría esa idea a canciones. Durante seis años esa terapia la ayudó a salir adelante. La terapia, la familia, los amigos y las canciones que hacía la sacaron del pozo en que estaba su cabeza. Los pensamientos intrusivos siguieron ahí. La ansiedad también. Pero dejaron de estar solos.



“Mi generación y la ansiedad”


Año 2020. Pandemia del coronavirus, calles vacías, cuarentena, ciudad de La Plata en pausa. La localidad platense de Arturo Segui es conocida por sus largas arboledas, verde césped y calles de tierra que alojan grandes caserones alejados uno del otro. Algunas líneas de colectivo pasan, pero a muchos hogares se llega solo en vehículo o caminando. La poca circulación de autos la convierten en el lugar ideal para aprender a manejar o conducir durante la reclusión.  


Después de dar una vuelta en el auto sola para despejarse, Carmen vuelve a su casa con esa sensación de tener demasiado tiempo para pensar y pocos lugares hacia dónde escapar. Ya en su habitación. apoya la guitarra criolla sobre las piernas, abre un cuaderno y escribe sin corregirse. "Me da vértigo la calle, siento que todos me miran mal/ ¿Habrá un final de esta sensación de soledad?". 

“Me costaba mucho levantarme de la cama. Y en un momento se volvió agotador. Literal sentía que si salía a la calle un auto me iba a matar”, cuenta hoy en 2026 a la distancia. La ansiedad siempre es difícil de describir pero fácil de reconocer. “No se lo que quiero pero lo quiero ya”, dice otra canción. Necesitar que lo que sea que esté pasando termine rápido, tener una certeza de lo que va a pasar en el futuro y mientras eso no sucede, morderse las uñas o mover los pies sin motivo aparente. “Y lo que me sorprendía es que no me pasaba solo a mi, mucha gente con la que hablaba estaba en la misma que yo”, dice.  


Su sensación, claro, no era en soledad: sus amigas y amigos compartían muchos de estos sentires. Contar los sentimientos y hacer catarsis parecía no alcanzar. A ese sentir se le agregaba otro muy pesado: el agotamiento. La pregunta de hasta cuándo vamos a estar todos así de mal. “Mi generación y la ansiedad… me tienen cansada”. Anotó los acordes que surgieron en ese mismo cuaderno.


Al principio creyó que esa canción pecaba de ser demasiado simple. Casi la deja fuera de su primer disco solista. Fueron Juan Lucesole, productor y guitarrista de su banda, y sus amistades más cercanas quienes la escucharon en guitarreadas y la convencieron de incluirla. Hoy es el cuarto tema de la placa “La Fuerza”, de 2022.


Quizás la potencia de Pensamientos Intrusivos estaba justamente ahí. En no esconder nada. Escribir una escena reconocible para cualquiera que hubiera pasado meses peleando con su propia cabeza.



"Diecisiete"


Para Carmen volver a los diecisiete años es recordar la profunda inseguridad con la que convivía. Gajes de la adolescencia, desconfiaba de sí misma cuando alguien le marcaba un error o la contradecía. En la escuela era la única de su curso que iba con carpetas y remeras de los Beatles. 


Había un solo ámbito donde se sentía segura. A los 10 años había empezado un taller de canciones en el barrio donde vivía. Desde ese entonces no dejó de cantar y de escribir canciones. No tardó en comenzar a cantar en actos escolares o en centros culturales de la ciudad. 

Antes de terminar la secundaria se inscribió en la carrera de música en la Facultad de Bellas Artes y la invitaron a trabajar en un centro cultural organizando fechas con músicos y músicas los fines de semana. Así empezó a hacerse un lugar en la escena platense. Fue en ese momento y lugar cuando conoció a un hombre quince años mayor.


Al principio compartían reuniones de trabajo del centro cultural. Después empezaron a verse a solas. Cuando terminó el colegio, el varón suspiró “menos mal” mirando con perplejidad. Aunque le cueste admitirlo, no pudo resistirse. Después llegó a mentirle a sus padres cuando le preguntaban por qué llegaba tan tarde a su casa. “Eras el único adulto en la habitación. Todo lo que me dijeras yo confiaba por amor. Me eché la culpa por años. De lo que pasó”, escribiría.


Durante mucho tiempo se echó la culpa por esa situación y la guardó bajo una alfombra. Tiempo después una canción que parecía escrita para ella le dio la fuerza para poner la situación sobre la mesa: “Dear John” de Taylor Swift, donde la artista estadounidense cuenta que un hombre mucho mayor que ella la sedujo cuando era una adolescente. “Don't you think I was too young to be messed with?” (¿No crees que yo era demasiado joven para que se metieran conmigo?”) Canta Taylor en el estribillo.


“¿No te parece que 17 no es una edad para meterse?" canta Carmen casi gritando en uno de los versos. “No quiero admitirlo, no pude resistirme. Hasta que vi que el pozo era profundo. Ya no quería ser parte del mundo”. La última estrofa de la canción reza “espero que las otras chicas lo piensen dos veces”. 

En los recitales en vivo, antes de tocar el tema suele hacer una pausa para mirar al público y hablar con el cariño de una hermana mayor: “Tengan cuidado, chicas; porque muchas veces hay hombres que se aprovechan de la vulnerabilidad cuando una es pibita”. Y a los varones, les lanza una advertencia: “A los flacos les digo, dejen de meterse con pibas chicas. No se hagan los vivos, busquen mujeres de su edad si quieren, pero con las pibas no”, dice con voz firme como quien reta, como quien quiere escupir sobre lo que se espera de una artista joven. 


Cuando habla de Taylor, resalta su admiración hacia su militancia en contra de lo que se espera de las mujeres en la industria musical. “Ella se ha rebelado hacia lo que la industria y el mundo le a las artistas por ser mujeres. Un nivel de excelencia que no se le exige a los hombres, en el que pareciera que solo valemos si somos jóvenes y sexualizables”, afirma. 


Carmen ya no canta esa historia solamente para ella. Canta para convertir una herida personal en una señal para que otras puedan reconocer el peligro antes de que sea demasiado tarde. Así como una canción la ayudó a poner en palabras su experiencia, quizás Diecisiete pueda lograr lo mismo. O por qué no, mejor prevenir. 



La salud mental y el cuidado colectivo


Carmen posa para la foto abrazando una guitarra criolla con los ojos cerrados. A sus espaldas el sol se esconde entre los edificios de la capital bonaerense de La Plata. Es una fría tarde de invierno, en las calles vive el mundial de fútbol: hay banderas en varios balcones, autos que andan a bocinazos y camisetas albicelestes.   

Este año le pintó el pelo color rosado. Su flequillo y el largo se mantuvieron. Se lo tiñe habitualmente y lo cuida a diario con shampoo matizador. Mientras conversa mantiene una amable sonrisa en su rostro y cuando le hacen preguntas responde con voz suave, pausada y segura.


Dentro de unos días se irá a Nueva York invitada por Pop-art music y el municipio de La Plata al LMNC, la Conferencia de música alternativa latinoamericana, donde confluirá con artistas de todo el continente y compatriotas ya consagrados como Trueno y Milo-J. Compartirá escenario con Chechi De Marco, otra joven promesa de la música argentina, y estará en conferencias de prensa con periodistas también de todo el continente.


“Las canciones fueron también el vehículo en el cual atravesé esos momentos en mi vida”, cuenta Carmen mientras toma un cortado americano. “Creo que un camino de recuperación diferente hubiese sido más largo para mí”, dice respecto al cruce entre música y salud mental en sus canciones.


-Si hoy pensás en una persona que pasa algo similar a lo que te tocó vivir ¿Qué le dirías?


CSV: Que busque ayuda. Que lo que le pasa no es tan raro ni tan imposible. Y que busque qué cosas le dan fuerza y la alimentan para seguir. Creo que eso también es un ejercicio: darse cuenta de qué es lo que alimenta el espíritu y da ganas de seguir adelante. Hay que tener mucho valor también para tomar esas decisiones en la vida: recortar lo que nos está matando y alimentar lo que nos da vida.


Es día a día. Yo en esa época tenía pensamientos sobre la muerte y me servía pensar: “hoy no. Hoy no me voy a morir. Mañana veo”. Y así, así no me morí. Y acá estoy. Pero es un ejercicio también. No hay una gran cosa que te salva o que te cura. Son muchas cositas y muchos pequeños trabajos.


Empecé a tratar a la mente como un músculo. Un día dije, bueno, voy a dejar de pensar sobre mí cosas que jamás le diría a mi mejor amiga. Jamás le hablaría así a ninguna persona. Me voy a tratar como trataría a los demás. Y así empecé a tratarme mejor. Yo me desvivía por el resto y me dejaba a mí en ultimísimo lugar”. Cada día quizás sirven cosas diferentes, a cada persona le sirven cosas diferentes. Pero no dejar de buscar. Lo fundamental es: es día a día y en compañía.





 
 
 

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