De un neuropsiquiátrico a publicar un disco en Spotify: la historia de Los Pickles, la banda “más loca de Córdoba”


“Ponele una sonrisa a esa carucha”
Arriba del escenario de la sala Astor Piazzola de Mar del Plata son más de 10 personas las que están con remeras blancas y el logo de los cuatro pickles cruzando la calle estilo Abbey Road. Entre el público hay gente de Salta, Santa Cruz, Buenos Aires, Capital Federal, Neuquén, Río Negro y de otros paises como Chile, Ecuador y Paraguay. Es el cierre del 15° Encuentro latinoamericano de arte y salud mental de Mar del Plata en octubre de 2022, organizado por la Red Argentina de Arte y Salud Mental.
“Allá por 2007 conocí en contra de mi voluntad el ‘Neuro’. Yo no sabía que era la salud mental, para mi estábamos todos locos“. Quien dice esto es Claudio, integrante de la banda cordobesa Los Pickles. Es locutor desde 2018. Cuando se recibió pensó que “se recibió de loco”. “¿A qué le llamamos locura? Hay una locura que nos conecta, nos transporta y nos hace más felices: la locura del arte. A partir de ahí comenzó este camino entre el arte y la salud mental”, dice.
Antes de comenzar el espectáculo una locutora lee el artículo 27 de la ley Nacional de Salud Mental 26.657: “Queda prohibida por la presente ley la creación de nuevos manicomios, neuropsiquiátricos o instituciones de internación monovalentes, públicos o privados. En el caso de los ya existentes se deben adaptar a los objetivos y principios expuestos, hasta su sustitución definitiva por los dispositivos alternativos. Esta adaptación y sustitución en ningún caso puede significar reducción de personal ni merma en los derechos adquiridos de los mismos”.

Ari, un flaco alto y de pelo corto, está a un costado en el escenario con el teclado Korg. Pepe está parado frente al micrófono con la sonrisa pícara e imborrable. Ari empieza a tocar un ritmo de cuarteto mientras Diego forma una melodía con arpegio con la guitarra electroacústica. Se viene “Amor a la vida”, canción de cuarteto que comienza con una vuelta cantada sin percusión y con un colchón de teclados. Martín “Ultratumba” hace cuatro golpes con los palillos para marcar el inicio rítmico con la batería. “Esquivando caras de la capital, tropiezo, me caigo y vuelvo a empezar”, dice la letra.
Juliana está debajo del escenario con su hijo Camilo en brazos entre un público que disfruta el show. Admite que disfruta más como espectadora que tocando en la banda. Se declara antes que nada, admiradora de sus compañeros de banda. Junto a Diego son los coordinadores de la banda/dispositivo y ese día se aseguraron de que todas y todos descansen y se hidraten bien antes del show.

Ari toca las melodías con su teclado sin quitar la mirada con ceño fruncido del instrumento. Al igual que la mayoría del grupo, esa semana antes de tocar en el festival, conoció el mar. Mari, Adriana y Marisol cantan coros y hacen percusión. Desbordan de alegría también por haber ido a la playa por primera vez durante esa semana. Durante “Tu nombre” canción que, como buena cumbia cordobesa, es pegadiza y bailantera, el público arma un trencito. “Todos los temas son de autoría nuestra”, dice el presentador después antes de presentar “Amor musical”, un cuarteto más tradicional. Antes de nombrar a los integrantes del conjunto los presenta como “la banda más loca de Córdoba”.
El recital cierra con “Subite al tren”, cuya letra dice: “Subite al tren que va para el Cosquín, sale muy poca plata te vas a divertir/subite al tren que va para el Cosquín, arriba va franquito bailando al arlekin”. Entre la gente espectadora se arma baile y arriba del escenario también.
“Chu-cu chu, chu-cu chu-cu chá/ Ponele una sonrisa a esa caruchá” canta Pepe en el estribillo. Es el único que no necesita tener la letra en papel. Sus compañeras y compañeros de banda admiran su capacidad para recordar las letras. El conjunto ensayó varias veces e incluso la mañana misma del recital para llegar con seguridad al escenario. En Spotify se puede revivir completo ese show de 2022, que fue el primer viaje fuera de la capital provincial.
La primera coordinadora

La primera vez que Juliana cayó a un ensayo de los Pickles fue por recomendación de una profesora de la carrera de Psicología. Varios de sus compañeros de estudios hacían sus prácticas profesionales en una radio comunitaria y ella pensaba seguir también ese camino. “La radio tiene ya muchos practicantes y en Los Pickles no hay mujeres”, le dijo la docente. Corría el año 2015 y hasta ese entonces su contacto con la música era por haber estudiado piano en su infancia.
Juli conocía a la banda. La había visto en vivo en una presentación al aire libre en Plaza Italia, en la ciudad de Córdoba. En ese entonces ensayaban en el Hospital Neuropsiquiátrico Provincial, ubicado en la calle León Morra, donde todos sus integrantes estaban atravesando o habían atravesado una internación y tocaban cuartetos, cumbias y algunos rockanrolles. En sus inicios en 2006 habían sido un taller de música para usuarias y usuarios del “neuro”. El día que fue al primer ensayo se encontró con una sala con sillas pupitres y mesas que se usaban para otras actividades.

Con los instrumentos estaban Ariel, Osvaldo, Brian, Marco, Pepe, Martín y Hugo. Todos ellos continúan hasta hoy. Juli se dedicó a mirar y escuchar sin hablar demasiado. Timida, tras varios minutos se animó a conversar con Ari, el pianista. Ambos conocían el instrumento. Era la excusa perfecta para sacar charla. Hablaron de los acordes que componían cada tema, de canciones que ambos conocían con las teclas.
Ari era y es hasta el día de hoy el tecladista de la banda, pero su principal instrumento es el acordeón. Juli dice que “no tuvo opción”: con el tiempo se hizo cargo del piano Keytar para que Ari pudiera tocar arreglos con el acordeón. Desde ese día ella se convirtió en una especie de comodín dentro de la banda. Ese primer día también estaba Martin, un pibe flaco, morocho de pelo largo y ondulado que hablaba poco y cuando lo hacía daba a conocer su voz grave y profunda, que usaba para trabajar de locutor en proyectos radiales y presentaciones. Por esto último recibió el apodo de “Martín ultratumba” de parte de sus compañeros. Era el baterista. Pero sucede que Martín también escribía cuentos y canciones.

El día que Martín llevó una canción inspirada en un cuento propio sobre un hombre lobo todos estuvieron de acuerdo de que tenía que cantarla él mismo: sólo esa voz profunda podía transmitir el temor y el misterio que buscaba infundir la letra. Para que “Ultratumba” pudiera lucirse con su canto, Juli aprendió a tocar la batería.
La chica recuerda que terminó ese primer ensayo algo agotada. Pero a la vez entusiasmada. Ni por asomo imaginaba que en ese proyecto musical iba a encontrar una familia. “Retomé el contacto con la música por los Pickles. Cuando me recibí estaba con los Pickles. ,mi tesis fue sobre los Pickles. Mi embarazo transcurrió con los Pickles. todo gira en torno a los Pickles hace ya 11 años”, cuenta.
En ese ensayo estaba con su guitarra electroacústica colgada Diego, el otro coordinador de la banda/espacio, un muchacho de anteojos cuadrados, pelo y barba oscura. No tardaron en conectar y charlar hasta que con el correr de las semanas se dieron cuenta de que en realidad no conectaban: se gustaban.

Se dieron un debate profundo y serio antes de continuar con la historia. ¿Qué pasaría si no funcionaba? Ambos coincidieron en que la banda era más importante que cualquier historia entre ellos dos, y que tenía que prevalecer el cuidado del espacio. Con esa premisa como bandera se animaron a continuar. Rápidamente el romance trascendió, primero como chisme entre los integrantes del conjunto, que hoy recuerdan entre risas pícaras cómo se fue enterando cada uno de aquel vínculo consumado.
“No es fácil sostener voluntariamente un espacio al que uno le da tanto”, dice Juli y Diego asiente. Todos en la banda coinciden que el crecimiento de la banda y el espacio se dio a la par de la formación de la familia y que Los Pickles son a la vez una familia. “Esto es todos los días concretar un sueño”, dice Diego mientras rememora sus inicios en el espacio allá por 2009, cuando aún era estudiante de psicología. La familia apenas estaba empezando.
“Porque somos más picantes”
En 2006 surgió por iniciativa de diversos profesionales de la psicología el taller de música en el Hospital Neuropsiquiátrico Provincial como un espacio de encuentro y catarsis, mediante el uso de instrumentos musicales, el canto y la danza. El nombre surgió a raíz de una propuesta para tocar en vivo en 2011.

“Taller de música del HNP” no convencía como nombre para un conjunto musical. Alguien sugirió el nombre de The Beatles. Por obvias razones eso no era posible. Pero si se podía encontrar uno que parafraseara, homenajeara o rimara con los de Liverpool. Tampoco eran el mismo estilo de música que los británicos: les gustaba decir que ellos eran “más picantes”, y sus integrantes eran “personas de diferentes formas, colores y características”; pero al momento de juntarse “producían un sabor muy rico y particular”.
Con esa idea y esa impronta en la cabeza los “Pickles” salieron a escena por primera vez a fines de ese 2011. Del neuropsiquiátrico al escenario. “La locura es poder ver más allá” escribió Charly Garcia en los albores de su carrera musical, no con ánimos de romantizar padecimientos, sino de reconocer a los que con amor, rebeldía y sentido de comunidad emprenden y defienden ideas que para la mayoría pueden ser “raras”.
Si bien continuaron ensayando y tocando no sería hasta 2011 que se consolidaron como una banda propiamente dicha, con espacio de ensayo y con la posibilidad de quedarse haciendo música un tiempo más, con aquellas personas cuya asistencia no era permanente. Ese mismo año graban su primer CD de covers: Retocados.
En 2016 se sumó Juliana, la primera coordinadora mujer, lo que abrió la puerta a la incorporación de participantes mujeres en un espacio hasta entonces mayoritariamente masculino. En 2017 adoptan un logo inspirado en la tapa de Abbey Road: cuatro pickles cruzando una calle que empieza a usarse en merchandising para autofinanciarse.
En 2018 conformaron la organización del primer Festival de bandas de salud mental "Lacalaka Malaica" en Córdoba. Desde ese momento comenzaron a componer canciones propias. Compusieron siete canciones que se grabaron en estudios profesionales.

Durante la pandemia de 2020 y 2021 los ensayos por videollamadas funcionaron más como contención emocional para evitar recaídas que como preparación artística real. Como casi todos en la Argentina en ese período. El 2022 fue una bisagra: ese año el Hospital Neuropsiquiátrico decidió que los talleres artísticos ya no podían funcionar en el nosocomio.
Tras unas semanas de incertidumbre el Centro Cultural Graciela Carena ofreció el espacio para alojar los ensayos de forma gratuita, lo cual les permitió continuar ensayando para lo que sería la primer gira de la banda fuera de Córdoba. En octubre de ese año el conjunto viajó al “15° Encuentro latinoamericano de arte y salud mental” en Mar del Plata. El concierto en vivo está grabado y hoy es parte de su segundo disco, que se puede escuchar en Spotify.

A lo largo de los años recibieron reconocimientos como "Punto de Cultura" del Ministerio de Cultura (2022), selección en la convocatoria de Fomento del INAMU (2022), el Vivero de Proyectos Artísticos de la UNC (2021) y primeros puestos en las Becas de extensión SEU-UNC (2019, 2020, 2022), entre otros. A fines de 2022 fueron elegidos delegados de la región Córdoba/Cuyo de la Red Argentina de Arte y Salud Mental.
Hoy la banda tiene 19 integrantes entre músicos, coordinadores, familiares y usuarios/as, y se ha reconvertido también en productora que brinda servicios de sonido, iluminación y animación de eventos.
La familia que se elige
Una larga mesa rectangular ocupa casi todo el espacio de lo que solía ser un garage. Allí se reúnen doce personas de diversas edades. Algunos estuvieron en el grupo desde que se conformó, otros varios llegaron después. Un niño de 5 años corretea dando vueltas a la mesa mientras los grandes conversan, cada tanto se abalanza sobre su madre o su padre. Tres mates circulan de mano en mano y tres termos los van recargando. No faltan las galletitas o “masitas” y abundan las carcajadas, los cuchicheos y los chismes.

-Aquel se hace el boludo, pero no sabes como canta- dice Brian señalando a Francisco “Pepe”, que está en la punta de la mesa y desliza una sonrisa pícara, burlona, como de quien está tramando algo inconfesable.
-A ver, dale mostrales a nuestros invitados- insiste Brian, desafiante. Entonces Pepe cierra los ojos y comienza a entonar la canción “Maldito coche negro” del cuartetero Cachumba. “Maldito coche negro, no la lleves al altar. Porque si entra a la iglesia será punto final. Maldito coche negro, no la lleves al altar. Porque si entrá a la iglesia será punto final”.
Su voz es clara, firme. Cada tanto suelta un falsete. Canta desde hace más de 10 años y durante su estadía en el nosocomio entrenó el brillo a su voz. Si tuviera que espejarse en un cantante, dice, elige a la Mona Jimenez sin dudarlo. Sentada a su lado está la María, su madre, que no habla mucho pero es también parte del conjunto y nos confía que su hijo es un gran cantor.

Quién también canta es Omar, el encargado del wiro y el segundo más jóven de la banda después del niño de 5. Tiene una sonrisa algo tímida y una risa traviesa. Aunque no quería, por insistencia se animó a entonar el estribillo de “Hotel california”, canción del conjunto estadounidense Eagles de 1977. Su voz es luminosa, con tonos agudos y joviales.
Marco es uno de los más callados en toda la conversación. Todos en el conjunto lo señalan como el que más conocimiento académico musical tiene por haber estudiado en conservatorio y composición en la Universidad de Córdoba. Durante el ensayo se colgará una stratocaster negra con wiphalas en los casilleros.
-¿Un guitarrista? Me gustan muchos… si tuviera que elegir uno solo me quedo con Larry Carlton, que es un emblema del blues y el jazz. Y de acá de Argentina me quedo con Pappo. Me gusta mucho el hard rock- dice. Con su riff comenzó la composición de la rockera canción “Sin libertad no hay salud mental”, tema que tiene un videoclip en el canal de Youtube de “Los Pickles Arte y Salud Mental”.

En la otra punta de la mesa, delante de la puerta que da al patio y a la sala de ensayo, está Ari, el tecladista. Cuenta que comenzó a tocar el piano en un conjunto de una Iglesia a mediados de la década del 80. En esos años tuvo algunas internaciones en el “Neuro”. Pasaba días sin dormir y durante las noches de invierno llegó a caminar entre 15 y 30 kilómetros fuera de la ciudad. Una madrugada se descompensó de hipotermia en medio de la ruta y una ambulancia lo salvó por poco tiempo. Hoy sabe que con una dosis diaria de Clozapina, una estricta rutina de sueño y actividad física puede hacer una vida normal.
-No sabes los cosplay que hace- dice Brian, que estuvo desde el comienzo de los Pickles junto con Ari- El que mejor le sale es el de Woody de Toy Story- agrega. Todos asienten sonriendo. Incluso Ari.
Sin necesidad de ver el disfraz es posible imaginar por qué lo dicen: flaco, alto, morocho con pelo corto y cara alargada, el parecido con el juguete de cowboy de la película se hace solo. A la derecha de Ari está Sergio, que es locutor en la banda, además de productor y estudiante de comunicación. Se animó a entonar el cuarteto “Me duele tu nombre” del conjunto cordobés Q´Lokura.

Podría ser un domingo familiar cualquiera pero es jueves. Afuera hace frio y un perro negro grande, otro blanco lanudo y uno más pequeño dan vueltas en el espacio buscando mimos. La familia a veces es la que toca; otras veces se elige. El pequeño que corretea por todo el lugar es Camilo, el hijo de Diego y Juliana, que es un poco el sobrino de todas y todos. Antes de invitarnos a presenciar un ensayo, dejamos una última pregunta para la banda.
-¿Creen que está cambiando socialmente la concepción de la salud mental o creen que hay cosas que siguen siendo tabú en torno a la salud mental?
-Juliana: Creo que durante la pandemia se hablaba mucho más de salud mental, porque el estar encerrados y ver en redes sociales que mucha gente vivenciaba en primera persona algún padecimiento subjetivo —que no necesariamente terminaba en un diagnóstico crónico o en medicación— hizo que el tema se visibilizara.
Hoy en día yo trabajo en otros contextos donde cada vez veo que la situación está peor. Entonces, claramente, hay algo que sigue siendo tabú. Trabajo mucho con adolescentes y veo muchos intentos de suicidio, mucha autolesión. Uno cree que, como adultos, estamos generando algún cambio, de alguna manera, pero me encuentro con adolescentes que muestran que no es así. Eso me preocupa mucho.
Y otro tema que no es menor es que nosotros elegimos las personas con las que nos rodeamos. Cuando salis de tu círculo de personas con las que te rodeas te das cuenta que no es así. Yo me di cuenta cuando ganó Javier Milei las elecciones. Hoy veo que los pocos discursos sobre salud mental que llegan a los medios de comunicación hegemónicos no son educativos ni amables, son todo lo contrario. Los casos que se conocen de crisis de salud mental son de gente famosa y adinerada, y eso viene por morbo. Y por pegarle a una ley que nunca fue implementada.
Si quieren escucharlos, pueden encontrarlos en Spotify


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