La historia de un exmodelo que sufrió anorexia y adicciones. “El consumo es la punta de un iceberg de problemas”

Actualizado: 20 oct
Juan Manuel Arancibia llegó a ser cara visible de grandes marcas de ropa europeas. Su trabajo lo llevó al consumo de cocaína y varias sustancias. Transitó durante 2026 una rehabilitación en la Fundación EIRA.

Modelo y adicciones
Al googlear Juan Manuel Arancibia, los resultados de la primera página arrojan entrevistas en portales web de 2021, 2023 y 2024 en las que cuenta su historia de lucha contra las adicciones. En las páginas siguientes hay artículos de 2009 y 2010 en los que hablaba de otro tema: su prometedora carrera como modelo de ropa.
"’Los modelos argentinos nos estamos convirtiendo en referentes a nivel mundial’, dijo Juan Manuel Arancibia. Y es que el morocho en cuestión fue elegido, ni más ni menos, por Dior para protagonizar una campaña de la empresa. Algo que muchos modelos sueñan”, dice el primer párrafo de un articulo de 2010.
Lo que le tocó vivir a Juan se parece más a una pesadilla que a un sueño. Aunque la adicción vino después, tenía 17 años cuando probó la cocaína por primera vez en el departamento de su primer novio. Lo que más quería en ese momento, recuerda, era pertenecer. Consumir, dice, era ser parte de algo cool. Si su novio lo hacía, ¿por qué no habría de hacerlo él?. Esnifaban lineas y se quedaban en el departamento cocinando, teniendo sexo y escuchando música. Esa dinámica se repetía en loop.

“El consumo siempre es la punta del iceberg”, reflexiona hoy mientras camina por la cancha de basket de la Fundación EIRA – el Centro Emocional e Interactivo de Resiliencia Argentina–. Cerca, una chica de pelo ondulado rojizo prueba la puntería desde distintas distancias del semicírculo. Un grupo de personas de varias edades conversa sentada en círculo en banquetas. Juanma viste todo de negro: pantalón, saco fino y remera musculosa. Tiene el pelo cortado al ras, teñido de rubio y lleva una cadena que le rodea el cuello. “Dentro de eso hay muchas cosas que queremos tapar: dolores, carencias, falta de afecto, baja autoestima. Quienes venimos acá estamos atravesados por el dolor y por las culpas”, dice.
Tenía 19 años cuando viajó por primera vez a Europa para ser modelo de ropa. En una agencia le habían prometido que iba a ser la cara visible de Dior y otras marcas. En febrero de 2010 era furor en las revistas de moda: cara alargada, pelo oscuro peinado hacia atrás y labios pronunciados. En las fotos su ropa se ve suelta y a él se lo nota muy delgado.
En una sesión fotográfica de Karl Lagerfeld, un diseñador de moda alemán emblemático en ese mundo, se lo ve con pantalón negro, musculosa suelta marron clara y el pelo engominado. Tiene el abdomen metido para adentro, más flaco que su pecho y su cintura. Desde la marca le pedían que perdiera peso siempre antes de un desfile o una sesión de fotos. Juanma se tomaba eso como un desafío y se propuso ser el modelo más delgado de todos. Se decía a sí mismo: “Tengo que ser flaco, pero flaco de verdad”. Para esto encontró un primer camino: no comer.

Su cara aparecía en las casas de ropa de toda Europa. Llegó a compartir cenas y galas con celebridades como Lady Gaga, Megan Fox o Usher Raymond IV. Los días en los que comía, consumía laxantes, quemadores de grasa y diuréticos para que los alimentos no le modificaran la figura. La premisa era bajar tanto de peso como fuera posible. Y para eso, consumir tanta sustancia como fuera necesaria.
La cocaína y el alcohol llegaron con más fuerza después. Y cada una cumplía un rol diferente: “El alcohol era para cuando quería comer; los laxantes para eliminar rápido la comida del cuerpo; y la cocaína para no tener hambre. Después tomaba un quemador de grasa por si engordaba un poquito. No quería tener ni un rollito de más”, cuenta hoy, 16 años después.
La adicción a la cocaína la conocía desde chico por su papá, que también era adicto. Siempre supo que tenía que evitar esa sustancia. Con el correr de los años, muchos seres queridos se fueron alejando. “Estando en consumo nada es consciente, porque estás gobernado por una enfermedad. Pero el peor enemigo de un adicto es el ego”, dice al respecto. La experiencia propia le dice que acompañar a un adicto siempre es difícil, lo cual lo motivó en 2021 a estudiar para ser Operador Socioterapéutico en adicciones, trastornos alimentarios y patologías graves.
La merienda y el “tiempo limpio”
Durante la merienda, en EIRA se les suministra la medicación a quienes lo precisan. El quincho del centro tiene muchas mesas rectangulares largas con bancos de comedor de madera. Mientras conversa con No está solo en tu cabeza, Juanma toma mate y come un budín hecho a base de harina de avena y sin azúcares. Arriba de la mesa hay facturas con crema pastelera. Reconoce que las facturas del lugar son muy ricas, pero prefiere el budín. De las cuatro comidas, cada tanto se anima a cocinar alguna, aunque admite que no es su fuerte ni lo que más le gusta. Alrededor, en las otras mesas, pibes y pibas de distintas edades (más varones, algunas mujeres) conversan, ríen y cuchichean.

En un momento dos médicos con ambo blanco junto a dos hombres altos y fornidos irrumpen al grito de silencio. Casi todos en el salón obedecen. La tensión es tal que el aire se corta con cuchillo. Los pocos murmullos son acallados por los dos enormes coordinadores que, con autoridad castrense, llaman por nombre y apellido como si estuvieran tomando lista. Los chicos nombrados se paran de a uno.

“El momento de la medicación es un poco tenso”, susurra Juanma en voz bajísima. Al lado del quincho hay un gimnasio muy amplio con bicicletas fijas, cintas para caminar, mancuernas y barras. En la terraza se puede practicar ping pong y hay un amplio espacio para hacer danza. A un lado está la cancha de basket al aire libre con arcos de futsal seguida de una pileta de natación techada con ventanales. Cuando llega un usuario con alguna adicción a ansiolíticos o benzodiacepinas, los operadores de salud mental lo incentivan a buscar alguna actividad física, la que quiera. Ezequiel, psiquiatra del espacio, explica que la premisa es no usar psicofármacos “a menos que sea estrictamente necesario”.
El exmodelo define EIRA como “un lugar de reglas fáciles para pacientes difíciles” y Nahuel, el encargado de la comunicación de la fundación, explica que “el deporte, la psiquiatría, la psicología y los operadores de salud mental son parte del proceso. Pero nada de eso funciona por sí solo”.
Más tarde, se lleva a cabo “el ritual del tiempo limpio”. Una chica de pelo oscuro, flequillo y corte carré le hace una seña levantando la mano a uno de los coordinadores, que asiente con la cabeza. Ella se levanta, corre hacia el medio del espacio y dice: “Pido tiempo limpio para mi amiga que hoy cumple cuatro meses: 122 días limpia”. La amiga, de pelo largo castaño, se levanta con una sonrisa tímida para abrazar a su compañera y el salón rompe en aplausos. Habla a la cámara de un celular para mandarle un saludo a su familia. La escena se repite con dos varones. Todas y todos los que pasan al frente a “cantar el tiempo limpio” terminan con el salón coreando su nombre.
Después de la merienda, los coordinadores sacan un papel y leen un listado de personas encargadas de cada parte de la limpieza post merienda: a unos les toca barrer y sacar las bolsas de basura; a otros lavar los platos y los vasos mientras un tercer grupo los seca y los guarda. “Para las personas con adicción tener rutinas y orden en nuestra cabeza es importante porque venimos con hábitos desordenados", explica Juanma. Sobre el “tiempo limpio” reflexiona: “La adicción es una enfermedad del silencio. Por esto encontrarse en el oído y la voz de pares que vivieron y sintieron lo mismo es sanador”.
El Fogón del 4 de octubre
El 3 y el 4 de octubre la Fundación llevó a cabo un “Fogón de Recuperación Extrema”. Se trata de un evento que se hace por lo menos dos veces al año en el que son convocadas las familias de los usuarios a pasar la tarde. En la cancha de basket se levantó un extenso escenario donde pasaron artistas como El Polaco, La Mosca, Patricia Sosa y Coti. El hashtag del día fue #NuncaMásSolos.

Esos días se desplegaron mesas con comida, gaseosas y todas las paredes adornadas con guirnaldas y luces. Hubo más de cien personas tomando mate sentadas en sillas plegables y reposeras. A lo largo de la tarde sobre el escenario Nahuel Vela, miembro de la Fundación, fue nombrando e invitando uno por uno al escenario a las personas que recibieron el alta ese día. Algunos de ellos llegaron sabiendo que iban a obtenerlo, otros se llevaron la sorpresa junto a sus familias. En la playlist del día sonaban canciones como “Volver a empezar” (Alejandro Lerner) y “Nada de esto fue un error” (Coti).

Para la ocasión del 4 de octubre, Juanma se vistió con una campera marrón y pantalón de jean azul oscuro. Obtuvo el alta médica por la anorexia hace algunos meses y lleva más de 90 días en EIRA. Mientras caminaba por el espacio, iba saludando a los amigos que hizo durante la internación. Lo acompañó su mamá, que fue a visitarlo como todos los fines de semana. Desde el escenario los internados que iban recibiendo el alta repetían la palabra familia.
Para quien nunca lo vivió es complejo entender cómo es este proceso, qué es exactamente padecer una adicción. Juanma ensaya una respuesta: "Imaginate que se te muere la persona que más querés. Cuando tenés una adicción y no consumís extrañás la sustancia como extrañás a esa persona. Es ese dolor". Y subraya que resistir esa tentación es un trabajo “de todos los días”. Mientras, arriba del escenario se subió Ezequiel, un chico que recibió el alta. Contó que estuvo seis meses en una cama y que intentó suicidarse. Llegó a colgarse, pero la soga se cortó, se cayó y se le quiebra la voz cuando cuenta que su hermana lo fue a buscar. Ella y su madre lo rescataron y lo llevaron a rehabilitación. Ellas y el resto de su familia estuvieron presentes.

Otro chico se subió al escenario y tomó el micrófono: “Hola, soy Fernando. Llevo 11 meses acá en EIRA”. La gente responde con un “Hola Fer”. “Empecé con 70 kilos y pensando que tenía una secuela del consumo de drogas. Al principio llegué a cagarme encima y la gente acá siempre me bancó y me ayudó. Nunca me sentí solo. La calidad humana me sostuvo”. En el público muchos hombres lloraban. El mismo Fer rompió en llanto al finalizar su intervención: “A los que están hace poco tiempo les digo que no comparen sus tiempos con los de los demás. Cada uno tiene el suyo y está bien”. Lo aplauden al grito de "¡Vamos Fer!".
En el mismo evento, una chica contó que recayó en consumo después de dos años y medio limpia. Dejó el tratamiento ambulatorio porque pensó que podía continuar sola. Hasta que falleció el padre y decidió volver a EIRA. "Estoy muy agradecida por mis compañeros y por la paciencia del equipo", dice y menciona al papá por mandarle “fuerza desde arriba”.
“Aislar a un adicto es lo peor que podés hacerle”
Algunos de los usuarios que son dados de alta luego se quedan a trabajar en EIRA. La mayoría de los operadores en salud mental del lugar hicieron ese recorrido. “Eira se trata de una gran familia, una en la que incluso llegando en el peor de los estados dan abrazos que nadie olvida. Esa entrada que hasta hace poco era un portón negro alojó cientos de recibimientos, de personas destruidas por la adicción y sus familias”, subraya Luis Marchioni, fundador y presidente de EIRA. Cuenta, además, que creó e impulsó este espacio con la premisa de hacer el lugar que él no pudo tener para recuperarse de su adicción a la cocaína. “Las internaciones que pasé tanto en lugares públicos como privados no fueron agradables. Aislar a un adicto es lo peor que podés hacerle. Lo que necesitamos es todo lo contrario”, señala.

A un lado del portón negro que da ingreso a la fundación hay una estatua gris de Buda. El máximo símbolo religioso de Oriente está sentado en su emblemática posición de meditación. Dejar el ego a un lado fue una de sus enseñanzas más importantes. En la leyenda china Viaje al Oeste, Buda se ve obligado a castigar al rey mono Sun Wukong, quien en su afán ególatra de conseguir la inmortalidad utilizó su legendaria fuerza para desafiar a los dioses, quebrando así el equilibrio universal. Wukong se redimió del daño que había ocasionado una vez que entendió que su poder y su ego tenían que servir a un bien colectivo mayor.
El Buda sentado en la puerta de este lugar pareciera un recuerdo de que todos tienen la oportunidad de usar sus virtudes para ayudar a otros. Y que los errores pasados nunca definen por completo a una persona. Por el contrario: pueden ser una oportunidad.
“La adicción genera y acentúa un vacío que se tiene desde siempre”, explica Juanma antes de terminar la charla. Y agrega: “¿Cómo se llena ese vacío? ¿Si se puede llenar de forma comunitaria? Te respondo con piel de gallina. Acá encontré una familia que no quiero perder. Una familia honesta con valores nuevos. A Nahuel, que es como un padre o un hermano, lo quiero un montón. A todos: Luis, al equipo de acá, a mis compañeros. Porque tenés al que discutiste, al que amaste, pero todos tenemos la misma problemática y es una escuela de vida donde aprendés a a quererte, a querer y a valorarte”.




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